lunes, 1 de agosto de 2011

La historia de la carta de Messi (recuerdos de un mediocre)


Un mes atrás, la copa América comenzaba, y el fútbol con esa histeria que nos alcanza una y otra vez nos llenaba de polémica. Esta vez el pato de la boda fue Messi que luego de un empate, recibió los primeros silbidos de su historia. Claro, en su tierra.
La polémica nació, fecunda para todos los periodistas, terapéutica para todos los argentinos, curiosa para el resto del mundo, y Onlinebaires tocó el tema, en forma de carta literaria que aludía a una Argentina que no hace las cosas bien, y trata de salvar las papas con algún genio individual. Y si las cosas, como suele suceder, no salen bien, entonces ya tiene su chivo expiatorio.
Hay que reconocer que la carta no era nada del otro mundo, pero la vida, y las letras, siempre dan sorpresas. La redacción en pleno de Onlinebaires asistió sorprendida al crecimiento progresivo e incesante de lectores. La carta fue repicando, como tantas cosas buenas y malas, por Internet. Primero en un sitio, luego en otro. Se tradujo al inglés, húngaro, al hebreo… Se trasladó a más de cien sitios.
Por último pasó lo impensable: el sitio oficial de Messi negó que el astro fuera el autor de la carta. ¿Qué había sucedido? Lo que había surgido como un artículo, con el correr de los repiques informáticos había perdido el autor, y la carta pasaba por ser un mensaje de Messi.
Es cierto, la carta se prestaba de algún modo, a la confusión. Pero, a poco que se la veía, se notaba que era una carta literaria. Llevaba otra firma.
Con la desmentida del sitio de Messi, la carta prosiguió su periplo, y recaló en Yahoo Argentina, que sin mirar las fuentes, la sindicó de “carta falsa”. ¿Para qué seguir con la historia y recordar que, gracias a muchos reclamos de amigos, Onlinebaires terminó de portada de Yahoo?
Es cierto, muchos lectores creyeron que era de Mess.
Pero la mayoría insistía en que no importaba el autor sino que servía para reflexionar. ¿Sobre qué?
Sobre una sociedad de mediocres, me duele escribir esto a mí el primero de los mediocres, que mira con envidia a quienes son distintos y son mejores. A quienes sólo se dedican a lo que saben.
Un deportista, un científico, un escritor, un pensador, tienen una cosa en común: todos ellos se levantan muy, muy temprano, para hacer lo que saben. Uno entrena, uno experimenta, uno escribe, uno investiga. Hacen lo que saben que tienen que hacer, con independencia de lo que los demás piensan.
Messi juega. Los demás hablan. Nadie organiza. Todos sufrimos. De eso se trataba.
Pero claro, nadie imaginaba el número de lectores. Uno, dos, cuatro millones. ¿Quién sabe cuántos leerán la carta?
Me queda la reflexión de que nada de lo que escriba será leído por tantas personas. Ningún tema que toque, ningún libro, rozará esos números. Me consuela pensar que quizás haya rozado una herida nacional. 

La historia de la carta de Messi OnlineBaires.com

lunes, 11 de julio de 2011

¿Qué significa el triunfo de Macri?



Varias son las lecturas que pueden hacerse del triunfo de Mauricio Macri en su carrera para conservar la jefatura de Gobierno.
Por un lado destaquemos que Macri se ha movido con un caudal de votos que se diferencia poco de la última elección. Apenas ha sumado unos puntos. Esto significaría, de hecho, que a esta altura de los acontecimientos cuenta con una fuerza propia en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires. Estas circunstancias representan un resultado positivo, teniendo en cuenta que ha mantenido los votos luego de una gestión que se ha enfrentado con una oposición rabiosa. Sin embargo supone el peligro de dejarlo con un caudal propio, pero demasiado rígido de cara al próximo ballotage.
Macri debe tener en cuenta que una cosa es la gestión, y los votos que con ella ha cosechado, y otra cosa es el arreglo político posterior, sobre todo si tenemos en cuenta que la oposición se podría juntar bajo la acogedora ala del gobierno nacional.
Sin perjuicio de ello, la oposición, liderada a estos efectos por la fuerzas de Pino Solanas Tellerman y Lopez Murphy, deberá tener en cuenta las repercusiones, a nivel nacional de una posible alianza con las fuerzas del “Frente para la Victoria”.
Por otra parte el gobierno nacional sigue mostrando un autismo notorio. Aníbal Fernandez, desde su notorio twitter, diciendo que “no han podido parar el aluvión de votos”, representa un evidente intento de negar lo innegable. ¿Creerá acaso que negando la pared, la pared desaparecerá?
Es cierto, han hecho la mejor elección de la historia…,¿pero es con fuerza propia? ¿Alcanza eso?
Y aún más. Si las actuales tendencias se confirman… ¿le conviene al gobierno nacional arriesgarse a perder una nueva elección, sobre todo teniendo en cuenta el raid eleccionario que se avecina? ¿Se presentará Filmus al ballotage?
Nos quedan, en definitiva, varios interrogantes, y una sola certeza:
¿Tomará debida nota, dentro de sus mismas fuerzas, que el representante de la Cámpora, Cavandié tuvo que lidiar con la triste figura del destituido jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra?
¿Reconocerán las encuestadoras oficialistas que no se puede condicionar al electorado con la difusión de encuestas tendenciosas?
Son muchos interrogantes.
¿La certeza?
En definitiva, la ciudad de Buenos Aires ha demostrado, una vez más, que no quiere, ni a los “K”, ni al Partido Justicialista.
¿Acusarán recibo?

Carta de Messi

Escribo esta carta, con los oídos todavía llenos de los silbidos, que recibiera el día del empate con Colombia, y pienso que no me queda más remedio que dirigir esta carta abierta a la población argentina.

Se supone que soy el mejor del mundo. ¿Quién lo supone? No lo tengo claro. ¿Qué significa ser el mejor del mundo? Tampoco lo sé.

Sólo sé que soy un jugador de fútbol al que le ha ido bien. También conozco, y recuerdo mi historia.

De muy chico comencé a jugar al fútbol. No tuve más infancia que la del esfuerzo y el sacrificio para llegar hasta dónde yo sabía que quería llegar. En el medio sucedió lo impensado: mi físico no se desarrollaba de modo tal que pudiera jugar como profesional. La única solución era un tratamiento muy costoso, fuera del alcance de mi familia. Busqué apoyos en la Argentina, mi país, pero no los encontré. Con mis padres golpeamos puertas en vano. Nadie quería arriesgar en un pequeño niño. Incluso River me cerró sus puertas, pensando que no valía la pena.

En ese momento un club extranjero se interesó por mí. Puso tiempo, dinero, médicos. Contuvo a mi familia para que estuvieran cerca de mí. Sin apurar los tiempos me formaron, y por último comencé a jugar. Con organización y trabajo no saltearon ninguna etapa. Ese club era el Barcelona.

Recién allí en la Argentina advirtieron que se perdían la posibilidad de un jugador, y ni lerdos ni perezosos se apuraron a concertar un partido especial de la selección argentina juvenil para evitar que yo jugara para España. Bien por Argentina.

Ahora, cada vez que juego para mi país, y conste que por ejemplo en esta Copa América he donado todo lo que cobre a obras de beneficencia, toda la responsabilidad cae sobre mí. ¿Olvidan que el fútbol es un juego de equipo? ¿Creen que las cosas pasan por arte de magia? ¿No entienden que el fútbol, como todos los deportes, es una cuestión de ganar unos pocos segundos al contrario? Hoy ya no se puede improvisar…

Quieren que Argentina juegue como un equipo local, pero no quieren el trabajo y la organización del club. Quieren que pasen cosas iguales, haciendo cosas distintas.

Sin trabajo y organización no hay modo de llegar al éxito. Ni en el fútbol, ni en ningún aspecto de la vida. A los argentinos parece no importarles nada, comerse una y otra vez a sus ídolos. No les importó endiosar una y otra vez a Maradona, con el objetivo de poder revolcarlo a continuación. ¿Y ahora siguen conmigo?

Me duele decirlo: amo a la Argentina, pero estoy cansado de los argentinos. Estoy cansado de dar explicaciones porque haya quien crea que soy el mejor del mundo. Estoy cansado de que me comparen con Maradona, o con cualquier otro. Me endiosan y después pretenden que me haga cargo de ello. Estoy cansado de que le falten el respeto a mis colegas cuando me comparan con ellos. Estoy cansado de que no entiendan que soy uno más, que cada día se levanta pretendiendo hacer bien las cosas.

Si los argentinos se dieran cuenta de que, más que exigirme milagros a mí, debieran exigir trabajo y organización a sus dirigentes, empezando por los del fútbol, las cosas podrían mejorar. Si no, no importa. Pero a mí y a mi familia déjennos tranquilos.


lunes, 27 de junio de 2011

¿Para qué nos sirve lo de River?

Varias son las hojas que se desprenden del árbol de la semana. Como buenos jardineros deberemos mirarlas un poco, antes de barrerlas y tirarlas en el tacho del olvido.
Por un lado venimos de una serie de escándalos. La vergüenza del Inadi, convertido en un caldo de cultivo de la discriminación y el escándalo (ver si no la premonitoria nota que publicáramos en OnlineBaires “¿Es cierto que el INADI discrimina?”), las madres de plaza de Mayo y el negociado de los Schoklender (en el cual siguen apareciendo propiedades y testigos), las listas compulsivas, Boudou y Mariotto mediante (¿el oficialismo ha olvidado que el catorce de agosto hay internas?), la represión inusitada a los maestros del sur (cabe preguntarnos ¿por qué a ello sí y a los otros no?), repito, en medio de tantos escándalos, el descenso de River parece superar todo lo previsible.
Mientras los diarios del mundo se hacen eco del desastre, se me ocurre que la pregunta cae por su peso: ¿qué pasó?
Y la respuesta es obvia. Pasó lo que tenía que pasar. Lo que siempre pasa. En la Argentina se sabe casi todo. Se sabía lo de los Schoklender, pero todos miraban hacia otro lado. Hasta que todo explotó. Se sabía lo del Inadi, pero sólo reaccionamos cuando los dos directores, al borde del ridículo se trenzaron a las trompadas. Sabíamos que River era un nido de mafiosos, un reducto de barrabravas, un centro de compra y venta de esclavos/jugadores, donde se compraba caro lo barato para luego venderlo aún más barato, un bolillero de referís, y un canto a la indolencia futbolística. Pero sólo nos asombramos cuando lo imposible ocurre. Como siempre, tarde.
¿No podremos reaccionar antes?
Ahora sabemos que el oficialismo pasa por encima de cualquier institucionalidad, de cara a las elecciones ¿no será tiempo de reaccionar, y mandar un mensaje en defensa del sentido común?
¿O deberemos esperar que el país vuelva a descender?



jueves, 16 de junio de 2011

Dos tumbas


En el fárrago electoral que nos rodea, no hay que ser muy lúcidos para comprender que hoy por hoy sólo hay dos candidatos posibles a ganar las elecciones presidenciales: Cristina y Ricardito. Si tenemos en cuenta el pasado reciente, este dato debería sorprendernos un poco. ¿Qué tienen en común ambos presidenciables? Dos tumbas. ¿Dos tumbas?
Dos tumbas dirigen nuestros pasos hacia unas elecciones felices, porque dos muertes nos guían en la vida política actual.
Y si. Los argentinos tenemos una pasión necrofílica (y conste que ni me acuerdo de las manos de Perón), que va más allá de todos los gustos. ¿No me cree? Pensemos juntos un momento.
Vamos a la primera tumba, la que funda al radicalismo actual.
Murió Alfonsín, un viejo líder, llamado a ser segundo en la elección del 83 y consagrado a último momento por la elección inoportuna del cajón de Herminio Iglesias. Bien por Raúl Ricardo que aprovechó la circunstancia, pero su gestión terminó de un modo tumultuoso superado por una serie de planes económicos complicados. No culminó su mandato, pero logró mantenerse como una figura de peso.
Lo que no imaginó es que su muerte salvaría a su partido de un estado de indecisión masiva, porque a partir de su funeral surgió, casi a modo de añoranza, la figura del joven Ricardo, convertido de repente (sin mayor experiencia en la vida política, ni menos aún en la gestión pública) en la tabla salvadora. Sólo basta en este caso con un cierto parecido con su padre.
No es que faltaran figuras en el radicalismo. Tenían a Sanz, un legislador serio y de peso, o tenían a Cobos, sindicado como traidor por ser fiel a sus convicciones.
Pero los radicales son consecuentes. Ricardito trae consigo aquello que sus camaradas más valoran: La nostalgia de viejas luchas, las convicciones .difusas y masivas, y la certeza de que el viejo aparato hará el resto.
Por el otro lado teníamos a una presidenta confusa y aturdida. El conflicto con el campo, la sombra de un marido intransigente, el Indec que todos los días insiste en que la realidad pueda ser distorsionada, los vericuetos inexplicables del Inadi, todo eso hacía un cóctel confuso y complicado. Pero ahora, muerto su esposo, su figura se recuperó casi de un modo milagroso. Ya no hay complicaciones con el campo, las cifras del Indec se han enderezado casi de un modo milagroso, el Inadi pasa desapercibido, y Moyano permanece distante y controlado. Tiene un camino, despejado y seguro hacia la victoria.
Y es que a lo argentinos, tan sensibles con los héroes que se han ido (Gardel, Monzón, Olmedo), nada nos gusta tanto como conmemorar los signos que rodean la muerte. Aunque eso signifique construir una elección sobre dos tumbas.

martes, 22 de marzo de 2011

Las letras a la aventura

Existen dos tipos de escritores:

Aquellos que, a través de sus libros nos acompañan de vez en cuando, que nos arrancan una lágrima o mueven una emoción. Que nos enseñan, nos entretienen, nos muestran, nos sugieren. Que forman parte de nuestra cotidianeidad, nos consuelan rumbo a la oficina, nos acompañan en el almuerzo, nos despiden antes de ir a dormir. Son buenos amigos.

Pero existen otros escritores a quienes hemos leído en su totalidad. Perdón. Corrijo el tiempo verbal: leí en su totalidad. O casi.

Esos forman, en algún momento, parte del primer grupo, pero luego se vuelven, parte de nuestra vida. Entendámonos, los otros también forman parte de nuestra vida. Pero éstos se vuelven parte de nosotros mismos. Al leerlos somos ellos.

Y como son parte de nuestra vida, nos volvemos exigentes con ellos. Les exigimos siempre más. Y más.

Porque, carajo, son parte de nosotros mismos. ¿Qué es esto que ha sacado ahora? Mmmmm. No se ha esforzado tanto como la última vez. ¿Y esto? ¿No se irá a volver demasiado sentimental? Y ¿por qué cornos tenía que hablar de este tema?

A esta última parte pertenece en mi vida, mi amigo (a quien no he visto en mi vida, y que no sabe que existo) Arturo Perez Reverte.

Lo descubrí por casualidad con “El maestro de esgrima”. A continuación aparecieron en mi vida “La tabla de Flandes”, y luego la zaga del capitán Alatriste. Guau. Impresionante. Un tipo que escribe dando sablazos. Con fuerza en el brazo y frío en el corazón. Con una tristeza de fondo y una alegría por saberse vivo. ¡Vamos!

Para colmo de emociones escuché que no se qué gran la academia de letras no quería hacerlo miembro, y que cuando finalmente lo nombraron dijo en su primer discurso, la gran frase: “Una banda de gilipollas ha secuestrado la literatura”. En una vida ausente de ídolos había nacido “el” ídolo.

Los primeros tiempos fueron de emociones y alegrías. Los pocos pesos que tenía se iban en conseguir sus libros, y mis recomendaciones giraban siempre en torno de mi nuevo amigo.

Con el tiempo, las costuras (¿por qué miro las costuras?) se fueron haciendo más visibles. No tanto por él, que seguro escribe mejor, sino por mí, que me vuelvo más fastidioso. Así, los discursos interiores ya me cansan un poco, y las añoranzas por ver a alguien pegar espadazos contra el destino vuelven una y otra vez. Esta tarde, en la que veo desde la ventana el Río de la Plata, mientras espero que se haga la hora de dar clases, sueño que me voy en un barco a recorrer mares y a vivir aventuras. De esas que a uno lo hacen amar a la rutina.

Porque, pese a quien le pese, siempre termino por añorar esa etapa en la que pasaba la tarde, tirado en mi cuarto, leyendo a Salgari. Y qué quiere que le diga: Perez Reverte es lo más parecido que encuentro a Emilio Salgari.



lunes, 8 de noviembre de 2010

La juventud en carta

Carta publicada en un diario que me sorprende por su crudeza.
“¿Dónde está la juventud que ocupará en días próximos los comandos superiores? Se pasea en torno la mirada y no se ve una sola frente que sobresalga. Niveladas todas las cabezas, parecen un inmenso rebaño de seres inofensivos; sin anhelos, sin pasiones, sin amores y sin odios, sin esperanzas ni aspiraciones. Si por acaso hay aspiraciones y deseos, no se traducen en esfuerzos ni en luchas, pues, seducidos por la molicie y las facilidades de la vida, ha renunciado a la victoria, renunciando al combate…”
A esa carta se le contestó con esta carta en el mismo diario:
“La juventud de hoy no es menos activa, ni menos inteligente, ni menos emprendedora que hace cincuenta años. No se forma tras los mostradores de las tiendas como entonces, pero sabe pedir al trabajo sus fuerzas y a los libros sus enseñanzas. ¿Cuáles son las causas de los cargos que se le formulan? Una sola: la enseñanza que las generaciones que se inician han recibido de la escuela de la experiencia. Muchos de los que hoy lanzan contra la juventud sus dardos mas agudos, olvidan que han sido sus maestros y que las faltas que se les imputan son debidas, en primer término a ellos mismos… No tiene ideales; es cierto, no puede tenerlos, porque ha nacido y se ha desarrollado en una atmósfera viciada… Si la juventud de hoy se hubiera desenvuelto en otro medio, latirían en ella impulsos tan grandes y tan generosos como los que han llenado las mejores épocas del pasado. Si algún reproche hay que hacerle, no es a ella, sino a los que han sido sus maestros… Desde los bancos de la escuela, cuando han empezado a penetrar confusamente todavía los factores de la vida nacional, han visto por todas partes las codicias culpables y las rapacidades insaciables no sólo toleradas, sino fomentadas, aparadas, recompensadas con el lauro de la victoria…”
Agrega por último:
“Por eso la juventud de hoy se retrae en muda protesta, resignada a tolerar en silencio lo que no está en su mano evitar. Se le reprocha que no toma parte en las luchas del civismo. ¡Cruel ironía! El cargo tiene que convertirse en aplauso, porque si los jóvenes no pueden impedir que la democracia sea una farsa, no deben entrar en ésta con la complicidad de su intervención.”
Las cosas están complicadas porque no tengo claro de qué lado estoy. Por un lado veo el problema que plantea la primera carta. La juventud se retrae hasta puntos insospechados.
Por otra parte es cierto que la culpa es de la generación que formó a esta juventud. Con tanta corrupción no dan ganas de intervenir en política.
Me desespero al no saber de qué lado estoy. Vuelvo a mirar las cartas. La primera está firmada por Carlos Pellegrini. La respuesta es de José Luis Muratore. Ambas se publicaron en el diario “El País”.
Hace más de un siglo.

Censo sí, censo no

Ya tenemos suficientes males. De eso no cabe duda, así que no tenemos que insistir. Si en definitiva es una cuestión de destino, nosotros tenemos el cupo completo. De males, claro. No hace falta insistir. Pero cuando veo debates estériles como el que el censo ha puesto de manifiesto, dudo una vez más. Siempre es posible un mal mayor.

Primero se consideró el tema de la inseguridad. Claro, abrirle a un censista puede ser inseguro. Imagínese usted que un censista gana trescientos pesos por su labor, y puede asaltarlo la tentación de asaltarlo a usted (disculpe la redundancia). Por eso no es seguro abrirle la puerta. A un desconocido, nada menos. Uff. Si los imbéciles volaran no se necesitarían censistas. El censo se haría desde el aire.

A continuación se planteó el tema, o el problema, de que responder el censo era favorecer al gobierno. Y como somos todos opositores… ¡Se la damos!

La verdad es que no consigo entender como no podemos hacer algo tan simple como cumplir una ley. Y de paso cumplir con un deber, que consiste, nada menos, que en ser algo así como un buen ciudadano. Eso que es tan sencillo, para nosotros se vuelve en algo imposible.

Sin embargo no es tan difícil. Hay una ley. Se cumple la ley. Se descansa un poco (mientras se espera al censista). Y punto. Listo. Nada difícil. Lo demás es complicar las cosas.

No se escapará al recuerdo de ningún lector avispado, que la historia de los censos en la humanidad tiene su origen algo complicado. Si curioseamos la Biblia, veremos que un día a un rey se le ocurrió la idea de ver cuántos eran. Y ordenó un censo. Como a Dios la cosa no le gustó (porque en definitiva suponía desconfiar de Él) le dio a elegir al rey el castigo: Peste, plaga o guerra. Más allá de la elección (una buena peste nunca viene mal para depurar el organismo), la cosa no pasó a peores.

Pero aquí no es tan complicado. Necesitamos pensarnos como país, y necesitamos saber cuántos somos. Eso es lo que prescribe la ley, y eso es lo que tenemos que hacer. Porque de lo contrario, si no podemos ponernos de acuerdo en algo tan pequeño como un censo, descartemos que en lo complejo lo logremos.

Sobre todo me trastorna la cara de conspiradores de aquellos que se acercan con la posta de la oposición al censo. Siempre con la justa. Siempre con la última. Siempre en la cadena de correo electrónico mas masiva. ¿No podemos vivir en paz? ¿No podemos mirar hacia adelante? ¿No podemos pensar el país de un modo sereno? Y sobre todo… ¿no podemos sacarnos la cara de estúpida inteligencia al descubrir la última trama de la conspiración mundial para destruirnos?

Porque en definitiva se trata de las cosas. De volver a las cosas. Y de pasar un día en paz.

Que de eso, y no de otra cosa, se trata este día.

jueves, 27 de mayo de 2010

Cumple un año este proyecto, y es lo mas parecido a un fiasco. Haciendo un examen de conciencia me doy cuenta que no es fácil ser periodista. No porque uno no tenga sobre qué escribir. No, claro que no. A esta altura de la cuestión, las palabras acuden al llamado de la magia, cada vez que son convocadas.


¿Y entonces? Sucede que es difícil, muy difícil, encontrar el tono de “mi” en el área periodística. ¿Qué escribir? Ese no es el problema. ¿Cómo situarme ante el fenómeno que se me presenta? Eso no es tan sencillo. ¿Cuál tiene que ser el tono? Ese es el problema.

Porque la realidad, siempre la realidad, es una, pero la visión sobre la realidad puede ser diversa. Si cada instante de la vida se percibe al modo del perceptor...

sábado, 22 de mayo de 2010

La torre de babel

Los diarios nos cuentan que la presidenta no quiere ir a la inauguración del Teatro Colón. No quiere juntarse con el jefe de gobierno. Uff. Que cansancio. Qué chiquitos parecen. ¿No pueden olvidarse de sus pequeñas cosas, justo ahora que se cumplen doscientos años de nuestra salida triunfal a la historia?
Es un hecho de que existe nuestro país. Que cumple doscientos años. Ni tantos ni tan pocos. Pero que constituyen una excusa para seguir caminando por los vericuetos de la historia del mundo. Aunque no parezca, aquí abajo, en el sur del planisferio, también formamos parte de la historia de la humanidad.
Españoles y criollos, saavedristas y morenistas, unitarios y federales, roquistas y alsinistas, personalistas y antipersonalistas, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas, azules y colorados, militares y civiles, etc. ¿No será un gigantesco malentendido?
En doscientos años, los malentendidos han formado parte esencial de nuestro devenir. ¿Es esto algo original? No creo.
Desde siempre me impresionó la historia de la torre de babel. Unos tipos que se pusieron a construir una torre, tan pero tan alta, que llegaría hasta el cielo. Fue tan alta que el trabajo se fue demorando -usted sabe señora que esto de construir una torre que llegue al cielo no es algo que se haga de la noche a la mañana-, de modo que al final los mismos tipos no sabían que -o para qué-, hacían lo que hacían. Se fueron agrupando con los más próximos, y construyendo su sector -tenían un sector con un objetivo predeterminado-, con reglas propias, que cada vez fueron más propias. Con sus costumbres, que cada ves fueron más “sus”.
Poco a poco se fueron olvidando quiénes, y qué estaban haciendo. Se concentraron en los próximos -prójimos les dijeron-, y comenzaron a hablar en una jerga que sólo ellos iban entendiendo. Esa jerga se transformó en lenguaje. Y con el lenguaje nuevo comenzaron todos los males. Los males para la torre, claro. Porque a partir de ahí nadie pudo seguir con una torre, que a esa altura de los acontecimientos quién sabe para qué cornos -disculpen la expresión-, iba a servir.
Eso se parece bastante a la historia de nuestra patria bicentenaria.
Me pregunto que nos habrá sucedido para ser como somos. Me acuerdo que conozco un hombre triste. Uno que siempre está enojado y triste. Tiene todo en la vida para ser feliz. No tiene carencias económicas, tiene una familia y una vejez dignas. Una historia llena en peripecias, y un futuro plácido. Pero él se preocupa por el país, se enoja y entristece al ver que el mundo no comprende que él tiene la verdad.
Cuando tropieza con un obstáculo intelectual lo resuelve con simpleza: el obstáculo es un error. No sospecha la posibilidad de que el error esté en su análisis. Entonces la realidad lo enoja y entristece. Sin esperanza y sin concesiones, la realidad lo acosa. Nada puede arreglarse. Nada puede solucionarse.
Por suerte se equivoca porque la patria tiene esperanzas.

domingo, 10 de enero de 2010

La casa



Una columna es un servicio. En sentido estricto.

Si tenemos en cuenta la actualidad palpitante que tienen los créditos hipotecarios en nuestro país, resulta casi imprescindible dar un consejo a los postulantes a la ayuda económica.

Un párrafo para contar la historia. Cuando allá lejos y no hace tanto, quise tener mi casa, no tenía ni un solo peso. Pedí un crédito por la casi totalidad de la casa y el banco no quería otorgármelo. El gerente alegaba que le parecía una locura. Entonces le mandé una carta, que llegó al directorio, y que según el remiso gerente, cambió el destino de mi crédito. En la carta, cuyo texto puede usarse en casos similares, le decía lo siguiente:

“Una casa es pasta en el alba, para transformarse por la tarde en libro de recuerdos”. Con estas palabras de Saint Exupéry comienza algún libro sus recuerdos acerca de una familia y de una casa. Con las mismas palabras comienzo yo un recuerdo que tiene la particularidad de versar sobre el futuro. En la mañana recuerdo la tarde, con la ventaja de no tener que sujetarme al rígido esquema de lo que ya sucedió, con la maleabilidad de la ilusión, con la incertidumbre del futuro.

Una casa encierra un proyecto, y la planificación de la casa constituye el proyecto del proyecto. Y cada paso, en aras del fin es un trecho ganado a la incertidumbre, constituye la victoria del “es” respecto del “puede ser” y, sobre todo, del “podría haber sido”.

Sin embargo debo reconocer que la ilusión, respecto de la casa tiene la relación de lo imperfecto respecto de lo perfecto. Cuando llegue lo perfecto, la casa, lo real, cesará lo que es imperfecto, el plano, la ilusión. Sin embargo debo disfrutar a pleno cada paso de lo imperfecto hacia lo perfecto.

¿Y que promete la casa a mi ilusión? Amaneceres rebosantes de buenos propósitos, largos mates disfrutando las heladas, conversaciones perdidas y demoradas, salidas presurosas y añorantes, mediodías en que impere la luminosa idea del asado, del fútbol y del vino, crespúsculos rojizos entremezclados con el humo de mi pipa y trémulas noches llenas de estrellas. (desde mi casa veré las estrellas).

El horizonte será parte de la casa y compartirá largas tardes de estudio, regalando su consuelo cuando levante la vista. Y si mi atención se olvidara distraída y vagara por el más allá podría distinguir siluetas infantiles correteando en el jardín, seguidas de cerca por caninas exclamaciones.

Puedo ya predecir risas tintineantes y llantos desolados, descolgados gritos y prolongados silencios, apresurado ladridos y aislados maullidos (habrá maullidos), sordas peleas y fulminantes retos. La guerra y la paz. Todo lo que implique la vida familiar. Todo lo que Dios quiera que implique la vida.

Porque la casa implica, casi por cierta necesidad, la certeza de un proyecto. Que de tan cierto no parece revestir la naturaleza de un proyecto. Pero es un proyecto: un proyecto que depende de usted.

Atentamente.

(En este punto correspondería agregar la firma)

martes, 1 de diciembre de 2009

¿Todo es un asco?



Es difícil caminar por la calle en estos tiempos, convulsionados y posmodernos. La realidad se presenta unívoca, terrible y abrumadora. Todo parece ser un asco. La realidad parece un asco. ¿La realidad? ¿Cuál es la realidad?
Ahí está el problema. Porque hay varios modos de ver, de percibir la realidad. Puedo ver mi realidad cotidiana, con esa infinidad de ritos que se entrelazan en la rutina, haciendo de cada día algo nuevo, y algo repetido a la vez. Puedo ver la realidad desde el punto de vista de los medios. De ese modo veré siempre cosas nuevas. Y antiguas a la vez. Pero en el fondo repiten siempre el mismo diario. El diario del ayer.
Pero hay poco nuevo para ver. Hay poco por ver.
La literatura, compendio de la experiencia humana, muestra que la vida del hombre es una repetición. De todo.
De fines y de medios. De ilusiones y de crímenes. De codicias. De lujurias. De la mediocridad circular, del eterno retorno de la tontera. Del oficinista y del pintor. De crímenes y corrupciones. De gente con plata. De gente sin plata. De idas y vueltas. De guerras y de viajes. De amor y de muerte. De padres y de hijos. De llanuras y montañas. Un partido de ajedrez que pese a sus cambios es siempre el mismo. Frente a tanta cosa nueva y antigua a la vez, me sucedió algo nuevo: ayer me crucé con un tigre. Si, un tigre. Majestuoso y triste. Imponente. No se por qué no tuve miedo. Tal vez sí lo tuve. Pero igual me acerqué, hasta el punto de tenerlo al alcance de mi mano.
Era más grande de lo que había imaginado. Y más amarillo. Recordé la fascinación de Borges por los tigres, y por un instante lo comprendí. Pero era más imponente en la realidad. Temí que de tanto mirarlo se enojara. No conviene hacer enojar a un tigre. Pero no podía dejar de mirarlo, porque lo confieso, no he visto muchos tigres. A lo sumo, de lejos, en el zoológico. Pero claro, no es lo mismo.
Por un instante sucumbí al encanto del felino. ¿Cómo evitarlo? Sus ojos, esos ojos, profundos y escondidos, adivinaban tristezas. Pensé en consolarlo, pero… ¿cómo se consuela un tigre? No es posible. El tigre es tigre, está en su naturaleza. Cuando sus grandes ojos se fijaron en mí, abandonando ese tono casi indolente, temblé. No se puede domesticar un tigre. Dejaría de ser tigre. ¿Cómo explicarle cosas al tigre? La vida me podría ir en la misión. ¿Y no es la vida para eso, precisamente para eso? ¿Para perderla en una causa grande?
Entretanto el tigre me miraba. Me hechizaba con su mirada cansina. Adiviné casi una sonrisa en sus fauces. Pero podría ser también el preludio de la dentellada.
Se estiró, casi bostezando. Ahí advertí que el tigre y yo deberíamos seguir nuestros respectivos caminos.
Lástima.
¿Todo es un asco? No, claro que no. El tigre muestra que no.

viernes, 26 de junio de 2009

En una esquina nos esperaba el dolor


Vivimos huyendo del dolor, pero el dolor viejo experto nos encuentra. De vez en cuando nos encuentra. Escribir sobre el dolor cuesta tanto como levantarnos en invierno. Porque sabemos que existen riesgos. “Los brillantes discursos para decir cosas frívolas acerca de la humanidad son estériles, como el nebuloso viento de otoño que gime entre las hojas secas” advertía Fausto, y es importante tener en cuenta su advertencia.
Pero intentemos abordar al dolor. Acerquémonos a él. Ya llegamos.
Y la noche se abate sobre el alma, y una daga helada nos atraviesa el costado, arrastrándonos al vacío. Porque el dolor tiene dos momentos: el golpe, el tajo, el hecho en sí, y después el vacío. La sensación de que algo falta, el flotar en el espacio, sin movimiento ni esperanza.
Eso es la noche. Y la soledad nos muestra que somos nada, y que a la nada volvemos. ¿De qué valen nuestras pequeñas delicias? Las risas, las bromas, los ingenios y los libros carecen de fuerza entonces.
Podemos intentar olvidar el dolor. Es cierto. Podemos. De hecho lo intentamos todo el tiempo. Pero el dolor penetra y penetra en nuestra carne. Es como una infección que amenaza tomar el cuerpo. Y entonces decidimos enfrentarlo. Pero el dolor reacciona, y lastima. Y lastima. Pronto nos quedamos sin aliento.
El dolor aprovecha y hace su trabajo. Primero se instala como una enorme piedra en el pecho, que nos impide respirar. Y presiona, y presiona haciendo vacío en el estómago, sube hasta la cabeza, y presiona. Los ojos, ya resecos, intentan permanecer abiertos. El sueño se vuelve una quimera. Si al menos pudiéramos dormir…
Quizás el modo sea el mantener la mente serena y en blanco. No pensar en nada, y de nada acordarnos. Pero el dolor no nos permite eso, y amengua un poco para hacernos reaccionar. Cuando prestamos atención, solo un segundo, para ver si hemos progresado, la bestia se vuelve contra nosotros. Aúlla y muerde. Pero sobre todo duele. Dios como duele. Como cuesta respirar.
Mientras tanto intentamos recuperar los viejos ritos. Salimos a la calle imitando a los demás. Sonriendo cuando sonríen y preocupándonos cuando se preocupan. Buscamos aquellos ritos. Aquellos que nos hacen ser, pobre mortales al fin, quienes somos. Podemos incluso, mantener una conversación, mientras la mente viaja en los límites de la idea. Pero el dolor agazapado, espera el momento para mostrarse. Para herir una vez más. Para mostrar su poder. Para recordar que siempre va a estar.
Y nosotros sonreímos. Pese a todo sonreímos porque recordamos que el otro viejo rival, el amigo de la muerte, el tiempo, podrá combatir el dolor. Porque solo el tiempo puede contra él.
Se suma entonces la sed, la certeza de lo que no está, la raíz de la ausencia. Pero el dolor, cuando es así de intenso, así de real, termina por vencer. No queda mas que lidiar con el.
Porque siempre sé que mañana “al despertar me saciaré de tu rostro”.

lunes, 8 de junio de 2009

Beethoven y los políticos





Bueno, hoy si. Hoy escribo la gran nota. De actualidad. Una mirada clásica sobre los problemas actuales. Un punto de partida para entender los problemas… ¡Alto! Me estoy deslizando hacia los lugares comunes.
Mejor pongo algo de música, para inspirarme ¿vio? Beethoven.
Me siento otra vez. Tranquilo… a ver… ¿le pego al gobierno o a la oposición? Puede ser al gobierno… pero mas divertido es a la oposición… podría comentar la puteada de De Angeli al presidente de facto… pero no se bien a favor de quien escribir.
La majestuosidad de la novena sinfonía acompaña este mediodía nublado y húmedo. La tensión de la primera parte del cuarto movimiento se hace insoportable hasta que se derrumba entre truenos que preceden al canto grave y profundo que introducirá al canto final.
Volvamos mejor a la cuestión, después de todo ahora son un periodista.
¿Por dónde íbamos? ¡Ah si! Por la vida política. Parece que no se llevan bien, porque hay algunos que conspiran contra los derechos de los otros. Que a su vez defienden derechos, que no son propios (aunque coinciden con los propios) sino que son de la gente. Pero aquellos, (¡los primeros, señora!) dicen que son los verdaderos defensores de la gente, aunque los derechos que defienden también se parecen mucho a los intereses propios.
Los políticos tienen algo de eterno en sí, algo parecido a un retorno circular.
Me pregunto cómo será ver todos los impulsos humanos, las alegrías y e ilusiones bajo la luz de lo eterno de esta idea musical. Si el alma echara a volar y trascendiera el humo de la ciudad todo lo mundano parecería insustancial. ¿Qué haría el alma sino ir y venir en una búsqueda desenfrenada de la propia esencia?
De pronto la orquesta recobra su protagonismo con una pequeña y juguetona marcha, que sin embargo da origen a un canto que no llega a ser danzarín. Más bien se torna en una marcha de dominación, sobre la cuál giran los vientos que arrastrarán al alma. Creo que son las pasiones. Giran y giran. Me marean y me enloquecen. Subo y bajo pero no puedo decir que no esté en un contexto de una belleza que traspasa el corazón. La marcha triunfal no consigue tranquilizarme. Es humana y celestial a la vez y hace contrapunto con la idea. A un canto en forma de letanía, pausada y lenta, que reflexiona sobre la grandeza de la idea, se sigue en pequeño desfallecimiento. Mientras planeo medito. Medito hasta que se produce la explosión en medio de ideas que se ven despedidas hacia todas partes.
Tras una recapitulación contrapuntística se produce la explosión final, tras la cual aterrizo de un modo violento en mi silla de trabajo. Con un pequeño sobresalto me levanto y miro alrededor. Todo sigue igual aunque ahora amenaza seriamente llover.
Termino agotado. Exhausto. Pero tengo que volver a la nota. Como si nada hubiera pasado. Claro. ¿Dónde estábamos? ¡Ah si! De Angeli le dijo pelotudo a Kirschner.

viernes, 5 de junio de 2009

La página en blanco




Bueno acá estamos. Con el mate a mi costado y la cabeza fresca me dispongo a empezar. ¿De que hablamos?
Podría hablar de que se murió Kung Fu. Si, el actor de Kill Bill. David… ¿Carradine? Si. Podría escribir sobre eso… ¿Pero? Y… que no creo que a nadie le importe.
Hablar de política mejor no. Con esto de las candidaturas testimoniales no es serio. Es tan fácil pegarle al gobierno que se lo dejo a otro. Podría ponerme serio y escribir sobre el mundo de la arbitrariedad, y el dominio de la fuerza. Pero no deja de ser aburrido. Mejor escribo sobre otra cosa.
¿Sobre qué? Maldita página en blanco que se interpone una y otra vez.
A ver, caminemos un poco. La mañana se despereza sobre mi ventana pero no me larga ni una idea.
Maldita…
Me siento ante la página en blanco y maldigo al idiota que habló por primera vez del síndrome de la… ¿cómo lo pongo, si ya usé la frase? Bueno, del síndrome de la página en blanco. El hecho de que nada salga, habla de mi alma. No de mi técnica. ¿Eh? ¿De qué hablo?
¿Qué tiene que ver la literatura con la vida? No sé. A esta altura no sé. A lo sumo es un modo de gambetear la realidad. Marcela Serrano decía que la literatura sirve para burlar la realidad. Es cierto. En este caso sirve para eludir a la malvada página en blanco.
Escribir es un intento de pensar con precisión decía Bioy Casares. ¿Cómo era la cita? Maldita página en blanco que no me permite recordar…
“Escribir es agregar un cuarto a la casa de la vida. Está la vida y está pensar sobre la vida, que es otra manera de recorrerla intensamente. Escribir es un intento de pensar con precisión”.
Escribir es eludir la realidad. Pensar con precisión. Escribir es eludir la maldita página en blanco.
¿Y si escribo sobre la página en blanco? El tema es buenísimo. Tiene actualidad (hoy en plena crisis recesiva todos quieren escribir, y se encuentran con el problema), ayuda a la autoestima, y hasta nos puede hacer ganar alguno que otro peso. Bien por el tema: La página en blanco.
¿Y qué decir sobre este flagelo de la literatura? ¿Sobre esta infección del alma, que nos impide expresar nuestras ideas? Si no fuera por ella podríamos plasmar la inmensidad del alma en el acotado límite de la maldita, mil veces maldita, página en blanco. Podríamos describir la rosa (Stat rosa nomina pristina) de modo original, podríamos mostrar el mundo a través de nuestra aldea, podríamos derrotar a los tiranos a fuerza de palabras. Podríamos enamorar a las más hermosas (e inteligentes) mujeres del universo (vamos, digámoslo de una vez, ¿no es para eso que escribimos?). Podríamos ser mejores de lo que somos.
El tema es perfecto. Ahí vamos.
La página en blanco es… ufff. Nada. Empecemos otra vez.
Bueno acá estamos. ¿Se acuerdan de David Carradine? Se murió.

miércoles, 27 de mayo de 2009

¿Y por qué no puedo hacerme un regalo?

Hoy cumplo cuarenta años.
El día amanece, como tantos, en un desperezo de niebla y humedad. Amenaza ser uno más, en una Argentina convulsionada y errante, que en cuarenta años insiste en no mejorar demasiado. Cuarenta años, que no son muchos, pero no son tan pocos.
Me levanto, miro por la ventana que todavía no ha amanecido y me prometo a mí mismo no reflexionar demasiado. Los balances al carajo, me digo. Lo que hice o dejé de hacer, no me importa ni a mí. Si ni siquiera a mi me interesa mi vida privada.
Pero hoy cumplo cuarenta…
Me resisto en mirar el espejo en busca de arrugas, y salgo, del baño y de casa rumbo a mi rutina cotidiana. Claro que tengo que sortear autopistas cortadas, paros de subtes, campañas testimoniales (¡Cómo me gusta la palabra “testimonial”!), el partido Barcelona-Manchester, todo por el trabajo.
El trabajo a los cuarenta… no vamos a hacer balances, eso si que no, pero… ¿no es hora de hacer un balance al menos respecto del trabajo.
No, me digo. Eso si que no. Lo único que falta… Después de todo, soy lo que quise ser. Hice lo que quise hacer. Sin balances, pero está bastante bien…
Si, claro, vuelvo a decirme, pero… ¿no falta nada? Nada.
-¿Nada? -mi otro yo me interrumpe los pensamientos-. ¿Seguro que nada?
-Nada -insisto convencido, casi enfático, mientras camino hacia la oficina.
Porque hace tiempo (me duele admitir que hace tanto tiempo) me propuse ser más o menos lo que soy. Y cumplí conmigo mismo.
-¿Estamos seguros? -mi otro yo me interrumpe una vez más.
-Claro que estamos seguros. Y vos lo sabés mejor que nadie.
-Hmm.
-¿Qué significa es hmm?
-Que si yo lo supiera no te interrumpiría.
Eso es discutible, porque mi otro yo siempre interrumpe. Siente culpa cuando no debería, recuerda lo que yo quiero olvidar, y añora cosas que ni siquiera me permito considerar. Pero todo eso no viene al caso. Prefiero seguir con mis pensamientos.
-¡Ahí tenés!
Ufff. Mejor atender al molesto porque sino no avanzo más.
-¿Qué queda pendiente?
-Vos sabés… -dice mirando para otro lado.
Ahora que tiene toda la atención se hace rogar.
-Dale, hablá.
-Está ese temita…
-¿Cuál temita?
-El del periodismo… -dice y larga una carcajada malévola.
Periodista. Tiene razón. Siempre quise ser periodista. Pero ya es tarde, me digo con cierta tristeza. Todo no se puede.
Retratar el mundo, lanzar el mensaje, delinear la época. Me hubiera gustado todo eso. Pero es tarde.
-¿Tarde? -me digo.
-Es tarde -me contesta mi otro yo-, y los dos lo sabemos.
-¿Por qué tarde?
-Y… -se apresura a contestar el cretino-, ¿te imaginás ahora, a los cuarenta, buscando trabajo en un diario? ¿Cómo sería la entrevista de trabajo?
-No sé -replico malhumorado-, decíme vos, que parecés saber todo.
-Imagináte… -comienza a decir pero se interrumpe-, mejor hagámoslo.
-¿Qué?
-Hagámoslo -dice mi otro yo-. Vení a pedirme trabajo.
-Estás loco -me digo-. Estamos locos- me corrijo.
-Dale -insiste mi otro yo. Cambia la actitud- ¿Qué desea?
Me siento ridículo pero balbuceo:
-Buenos días.
-Buenos días. ¿Qué necesita?
-Quería buscar trabajo, aquí, en el diario.
Mi otro yo me dirije una corta mirada.
-¿Es periodista? -me increpa.
-Ehh, no.
-¿Entonces?
-Bueno… pero… yo… escribo…
-¿Escribe? -me clava sus ojitos maliciosos-, Todo el mundo escribe. Mi mamá escribe. El sastre escribe. El carnicero escribe. Hoy en día todo el mundo anda alfabetizado. Pero no por eso les puedo dar trabajo a todos. Imagínese.
La carcajada me mata.
-¿Ves? -me digo exasperado, abandonando la parodia-. ¿Para qué me metés a pedir trabajo si ya sabía la respuesta?
-Bueno. Porque tengo una propuesta.
-¿Una propuesta? -repito con una esperanza absurda-. ¿Qué tipo de propuesta?
En definitiva consiste en lanzar una columna cada dos días. Quinientas palabras. Retratar el mundo como lo veo, desde mi propio periódico.
Y que los suplementos de La Nación y Clarín se aguanten.